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domingo, 4 de junio de 2017

"Atrévete", dijo el cobarde



Llevo unas gafas grises que distorsionan todo lo que veo.
Lo peor que me puede pasar es que me acostumbre a ellas y deje de luchar por despegármelas de la cabeza.
Hay que dejar de hacerse el muerto.
Me dejo las uñas largas por si necesito defenderme. ¿De qué?
Mi peor enemigo soy yo misma.
Lo peor que me puede pasar es convertirme en el monstruo del que huí.

domingo, 5 de febrero de 2017

Nothing is gonna hurt you


Febrero es un mes romántico, de carnaval, pero también es uno de los meses más fríos. Para mí, febrero siempre ha sido un mes de cambios, un mes que marca un antes y un después.
Febrero es un mes de transición y cenizas, aunque algunos años las cenizas arden más que en otros. Febrero es tiempo muerto, tiempo para pensar, propósitos que cumplir, es soñar con la llegada de la primavera. A veces, febrero es decir adiós, otras, dar la bienvenida. Febrero está hecho de nieve y cicatrices que sigo lamiendo cuando nadie me ve.
Este febrero no augura grandes cambios, pero siento la transición de los días, que se estiran poco a poco, y tengo muchos planes por delante.
Sigo odiando los domingos y los de febrero no son ninguna excepción.
En los domingos fríos como este me apetece hacerme un ovillo debajo de la manta e imaginarme un ronroneo prometedor a mis pies.
Solo necesito el calor de otro cuerpo al lado del mío y una mano acariciándome el pelo, asegurándome que todo irá bien.
Siempre he odiado sentirme pequeña y el miedo a las personas que lo disfrutaban sigue empañando mis ojos con pesadillas irónicas, pero a veces lo necesito. A veces necesito sentirme pequeña, acurrucada en unos brazos grandes, para poder hacerme fuerte poco a poco. Creo que todos necesitamos sentirnos así en determinados momentos, como un polluelo de fénix que necesita revolcarse en las cenizas antes de emprender el vuelo.
Hoy solo quiero sentirme en casa, pequeña y segura en unos brazos que me aseguran un futuro feliz.
En los domingos fríos como este, el invierno alemán me muerde los tobillos y me congela los pies, pero no el corazón. Mi corazón derrite la nieve de Christinenstrasse con la fuerza de un fénix adulto. Qué difícil es ser adulto. Pero no quiero hablar de eso ahora, solo quiero acurrucarme bajo la manta e iluminar la noche temprana con velas de colores en los alféizares de las ventanas.