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lunes, 25 de enero de 2016

No me gusta decir adiós

La casa está vacía y apuesto a que tiene frío. La casa está en silencio desde aquella noche.
Habría apretado tu mano cuando nadie nos viera, pero nunca estabas sola. Por eso pasaba por delante de la puerta sin mirarte, sin atravesar el siniestro umbral que todavía me hace temblar.
Hoy me arrepiento de no haber tenido fuerzas para mirarte a los ojos cerrados y sentarme a tu lado, haciendo un esfuerzo por escuchar tus pulmones roncos. Pero sé que si volviera atrás volvería a pasar mirando al frente, a las escaleras enmoquetadas, y subiría a encerrarme en mi cuarto. No tendría valor ni ahora ni nunca para cogerte la mano, porque les prometí que no me verías llorar y esa habitación me hacía daño por muy lejos que huyera.
Qué mes de agosto más frío.
Ahora me acuerdo y se me clavan en las manos las astillas de madera de esa escalera, se me encoge el corazón intentando no hacer ruido, me habría gustado haberme hecho invisible y haberte hecho compañía junto a la lámpara encendida, en la habitación que suplantó para siempre al comedor en el que celebrábamos la Navidad.
No soporto decir adiós, por eso no lo hice.
Por eso cerré los ojos con fuerza y me dormí, a pesar de que tu respiración llenaba toda la casa, como abrazando por última vez cada rincón del que fue tu hogar durante más de cincuenta años. Me parecía imposible que de tu cuerpo cansado salieran aquellos suspiros rotos. La casa entera tiritaba de frío y yo hacía lo mismo entre las sábanas.
No soporto decir adiós, por eso me despertaron cuando ya te habías ido y, con la mano de mi madre en la espalda, desperté sabiendo que nunca volvería a verte y ese nunca es lo que todavía duele.
No soporto decir adiós, por eso no lo hice.


3 comentarios:

  1. Es muy intenso lo que escribiste. Te quiero! Saludos

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  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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