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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Él es el único que mira a mis demonios a los ojos,
que coge el toro por los cuernos,
que calma a mis fieras con su voz.


Su calor es lo que más me gusta del invierno.

sábado, 14 de noviembre de 2015

El tiempo. Todo. Locura.

Con cada paso crecían las ganas de darse la vuelta y salir corriendo. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, necesitó agarrarse con fuerza al picaporte.
-Señorita, ¿va a pasar?
Estaba bloqueando la puerta.
-Sí, claro.
Respiró profundamente, intentando recordar las técnicas que aprendió en las clases de yoga. Barrió con ansiedad las mesas con la mirada, temiendo no reconocer a la persona con la que se había citado. Hacía años que no lo veía. Años felices, tan solo interrumpidos por alguna pesadilla inoportuna que le recordaba que esa mirada azul seguía existiendo en alguna parte del mundo.
Había sido el miedo la que la había obligado a llamarlo por teléfono. Había borrado su número hacía mucho, pero a los quince años se lo había aprendido de memoria y aún lo recordaba. Curiosa memoria selectiva la nuestra.
Ella tenía miedo de mirarlo a los ojos y sentirse como antes. Tenía miedo de comprobar en sus pupilas que todo seguía allí, que no había avanzado y que todo su esfuerzo no había servido para nada. No quería volver a sentirse pequeña.
Encontró sus ojos y fue lo único que reconoció de él. Ya no había odio en ellos pero tampoco brillaban como antes. Él sonreía con la boca torcida, como si sonreír en aquel momento fuera irónico, como si la vida en sí lo fuera.
En sus pesadillas, él aparecía como era antes, o como ella lo recordaba. El chico que la miraba, impaciente, de pie junto a la última mesa, no se parecía mucho a aquel recuerdo agridulce.
Ella sintió que no lo conocía. Se acercó a él lo suficiente como para verse reflejada en sus ojos, que la miraban llenos de interrogaciones acuosas.
Se inclinó para darle dos besos, pero ella se apartó y siguió nadando en su iris azul, por primera vez sin miedo a ahogarse. Nada. Ella no sentía nada. No había odio, no había nostalgia. No quedaba nada de la pasión que la había vuelto loca. No había más que un resto de familiaridad, un “yo a ti te he visto en alguna parte pero no recuerdo cuándo”, un “creo que fuiste importante para mí pero ya no recuerdo por qué”.
No lo conocía. No puede hacerte daño alguien que no conoces.
Ella tampoco era la misma, él tampoco la conocía ya.
Eran dos desconocidos que se quisieron en otra vida.
Las cicatrices comenzaron a desvanecerse bajo su ropa. Entonces ella pronunció la única palabra que nunca imaginó decirle, la palabra que rompió el hechizo para siempre:
-Gracias.
Ella se fue, dejándolo con una mano extendida y llamándola por su nombre. Ella se fue y, cuando la puerta de la cafetería se cerró a su espalda, sintió que otra puerta, mucho más pesada y vieja, se cerraba por fin.
El dolor se había ido.
Nunca se había sentido tan tranquila.
El tiempo todo lo cura.