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martes, 9 de junio de 2015

Mateo

Cuando saltó al vacío, Mateo se acordó de las manos de su madre. Era increíble cómo aquellas manos se habían mantenido jóvenes tanto tiempo, después de tantos años trabajando en casa, "que la vida era muy difícil, Mateo, que no teníamos ni para comer y tú no sabes cómo era ver morir de hambre a tus propios hermanos...", después de tantos niños, después de tantas arrugas en la cara y en el corazón.
Rocky volvió a ladrar.
Aquella mañana, Mateo se había levantado pronto, había cambiado las sábanas y se había dado una larga ducha caliente. Rocky parecía intuir que algo no iba bien. Al menos, peor que de costumbre. Había algo raro en la forma en la que murmuraba una tras otra las cosas que iba haciendo, como en un manual de instrucciones.

Encontré a Mateo una tarde de otoño, entre los millones de páginas que pasaban ante mis ojos indiferentes, hartos de lo mismo, hartos de devorar palabras vacías y quedarse con hambre. Me sentía decepcionada con todo el mundo, incomprendida, aburrida de zambullirme en las vidas de otros constantemente, de ver fotos de desconocidos y envidiar sus vidas por no tener el valor suficiente para vivir la mía.
Mateo era diferente. Decía lo que pensaba, sin edulcorantes. Muchos comentaban en su blog llamándole radical o incluso psicópata, pero a él le daba igual. Escribir era su manera de expresarse y a mí me gustaba su realidad a secas, sin censuras, sin filtros. No pensaba en el lector, algo que siempre te obligan a hacer cuando escribes, cuando traduces. Mateo no pensaba en quién leería sus reflexiones, porque no le importaba. A mí me gustaba porque era el único que no prometía nada y, por tanto, nunca me decepcionó. Hasta que dejó de escribir.
"Quiero volar el mundo por los aires".

Nos habíamos hecho muy amigos y nos pasábamos las noches discutiendo sobre la crueldad o la belleza, sobre los crímenes que veíamos en la tele y los trastornos que tendrían las personas que los habían cometido. Mateo me hablaba del comunismo, de las utopías, de "Rebelión en la granja" y de como todos éramos un poco como Napoleón. Sin embargo, no sabía apenas nada de él: ni sus apellidos, su edad o el color de sus ojos. Pero lo conocía. Mateo era único. Y un día desapareció. No contestaba a mis mensajes y llevaba días sin publicar nada en su blog.
Si hubiera sabido donde vivía, habría ido a su casa. A veces sigo imaginándome cómo habría sido. Habría subido al ático y me habría encontrado la puerta abierta. Rocky conocía mi voz, no se habría asustado. Creo que habría llegado justo a tiempo para ver cómo abría los brazos y saltaba al vacío, ante las miradas horrorizadas de unos pocos vecinos que se habrían acercado al verlo allí subido. Me habría sorprendido descubrir que Mateo no era un joven de veintipocos años, como yo me lo imaginaba, sino un hombre que ya había superado los cincuenta.

Todos cerraron los ojos para no ver cómo su cuerpo impactaba con el suelo. Sin embargo, cuando volvieron a abrirlos, no había nadie en la acera. Ni una gota de sangre.
Nadie se acuerda de Mateo, excepto yo. Su muerte no salió en las noticias porque no había ninguna prueba de su suicidio y los pocos vecinos que juraron haber visto a un hombre saltar desde el último piso fueron tomados por locos. Algún día contaré su historia.
Yo sé que Mateo fue real, aunque no haya podido encontrar su blog, que desapareció con él. Lo sé porque Rocky ya no se acerca a las ventanas y a veces me mira con sus ojos de barro queriendo preguntarme dónde está.

“Lo importante no es lo que sucede sino cómo lo interpretamos”. Lair Ribeiro

Imagen: "La entrada en escena" (1961) René Magritte



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