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miércoles, 22 de abril de 2015

Cavete

Ella no me necesitaba. Necesitaba a alguien que se quitara la chaqueta y la colocara sobre los charcos para evitar manchar así sus botas de cuero negro. Ella no me necesitaba. Casualmente, cuando yo pasaba por allí, comenzó a llover.
Ella decía que el amor era un invento humano para fingir que la felicidad no era un proceso infinito, sino un estado con nombre y apellidos.
Ella decía que no bebía la cerveza rubia para no acordarse de su pelo, que la prefería morena, como ella, porque siempre le había gustado su color, aunque pensaba teñirse de pelirroja algún día, porque su madre había tenido un pelo caoba precioso antes de que se lo tiñera de rubio.

Le recomendé aquella cerveza especial con frutitas en el fondo porque supe que le gustaría.
No conseguía atrapar los pedazos de fresa con el palito y eso la ponía nerviosa. Cuando se ponía nerviosa no dejaba de hablar y yo no la entendía del todo, pero no quería interrumpirla, porque me gustaba cómo abría los ojos, cómo escondía la risa en sus manos y se tocaba con ella el pelo. Su risa resbalaba por su pelo rizado y acababa en el suelo del pub. Náufraga, como las fresas.
Yo me sentía como las fresas del fondo de su vaso, rodeado por una realidad espesa que comenzaba a gustarme.
No quería que se acabara la cerveza. Quería quedarme suspendido en aquel momento durante horas, porque a veces me daba miedo la profundidad de sus pupilas.
Había dejado de hablar. Yo estaba en su boca, como sus palabras. Como las fresas.
Yo creía que el amor era algo así, dulce, embriagador, indudablemente con cierto contenido alcohólico. Yo quería matar la soledad con abrazos de madrugada, pero de repente los abrazos se hicieron de noche.
Nunca me dijo a dónde fueron a parar las lágrimas que no llovieron en sus labios, ni qué clase de bestia le había arañado el corazón, dejando su pecho lleno de preciosas cicatrices. Ella decía que eran preciosas porque las huellas del miedo a veces te hacen ser valiente.
Ella no me necesitaba. No quedaba fruta en su vaso.
Ya no le importaba mancharse las botas con los charcos. La tormenta la llevaba por dentro y por fin comprendió que fingir que no existían no hacían sus pesadillas menos reales. No podía escapar de ellas.

Ya no recuerdo si el invierno la devoró a ella o si fue al revés.

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