.

.

miércoles, 25 de febrero de 2015


"Sería capaz de enamorarme de él si viviéramos en la misma ciudad".
Lo pensé cuando guardé tu número en mi móvil, cuando nos reencontramos en el calor de una noche de verano en la parada de Cruz del Rayo y también cuando quedamos cerca de Sol y tenía miedo de no reconocerte. Como si eso fuera posible.

Ahora que vivimos en días diferentes me parece gracioso lo cerca que parece lo que antes era lejano. Y el nuevo "lejos" que has creado con tu viaje nos lo comeremos a besos poco a poco y, de repente, no habrá diferencia horaria que pueda arrancarme de tus manos.
Granada te espera, amor, para que recorramos juntos aquellas calles que nos negamos al principio y que ya eran nuestras antes de conocernos.
Ven para que podamos demostrarles a todos que nosotros hacemos magia con las historias y que no tenemos prisa, porque sabemos que el mundo está ahí para nosotros.

Me enamoré de él. Y lo mejor de todo es que no necesité vivir en la misma ciudad, ni siquiera en el mismo país. Me enamoré de él porque sé que tarde o temprano nos cobraremos los kilómetros y los días que ahora distancian nuestros cuerpos, y cada segundo a un milímetro de su boca vale más que todas las noches a solas.


jueves, 5 de febrero de 2015


A veces me pinto los labios solo para pasear entre extraños. Soy como un extra en una película, la cámara me enfocará un momento y luego, nada.
La calle está llena de extras a los que nadie mira.
Un joven rubio pide, de rodillas, en una esquina. Nuestras miradas se cruzan dos segundos pero miro hacia otro lado, porque me siento incómoda. Pero somos extras. Una mirada más entre miles de miradas perdidas que miran para otra parte.
La ciudad está llena de gente, de tiendas, de luces.
La ciudad está llena de fantasmas. Los busco entre la gente para estar preparada antes de que me vean a mí, pero hace mucho que no nos encontramos. No quiero verlos, pero ya no es lo mismo. Ya no me dan miedo mis fantasmas.
Me gusta ir a contracorriente, subir cuando la gente baja, mirar a los ojos a aquellos que miran al suelo.
"Tiendas llenas, vidas vacías".
Las callejuelas judías dan a parar a la catedral. Qué paradoja.
Alzamos la vista para contemplar al gigante, que nos mira por encima del hombro. Así hemos de sentirnos, pequeños, intimidados, súbditos. Mis ojos se enredan con los del hombre que pide en la puerta del templo. Otro más. Otra mirada sedienta a la que niego en silencio.
Nada está bien, nada tiene sentido. Las paredes de la catedral no ofrecen más que unas manchas de sangre que intentan tocar el suelo. Son un recuerdo que muchos no ven. La huella de un fusilamiento, del nuestro, a varios metros de altura, me hace pensar en las voces templadas que lo llevaron a cabo, desde un despacho, sin mancharse las manos.
Nuestra sangre nunca merece tanto la pena.
Me acerco, ante la mirada extrañada del mendigo, y beso la pared de piedra. No beso a Dios, ni a su hogar, ni a aquéllos que se dejaron la espalda y el aliento construyendo la catedral de Granada. Beso la sangre, la muerte, los cadáveres que se apilan hasta llegar a las manchas más oscuras, donde estaban sus cabezas. 
Beso el paso del tiempo, pensando en nuestra frágil memoria y en si alguna vez repetiremos el pasado.