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jueves, 19 de junio de 2014

Café Malik


Él esperaba frente a la cafetería. Le quedaba bien el gorrito de lana, pero su sonrisa se había borrado. Quizá era eso lo que buscaba con tanta concentración en el horizonte, más allá de los ladrillos rojizos del Schloss.

Ella llegó tarde- como siempre- vestida completamente de negro. Conforme el invierno se abría paso en sus costillas, su vestimenta se oscurecía, hasta que dejó de vestir otro color. Sospechaba que algo había muerto, pero no quería creer que el funeral fuera aquella tarde.
La miré en silencio y esperé hasta que estuvo preparada para hablar. Mientras hablaba, pensé que parecía tener la cabeza en otro sitio. Hablaba de dolor, del frío, hablaba de buscarse a sí misma y de hacerlo sola.
Ninguno de nosotros se atrevía a asomarse a su interior. Era un pozo, un pozo desbordado por el invierno alemán, por el vacío que se siente al buscar a alguien para no sentirte solo y sentirte más solo que nunca a su lado.
Por más que ella dijera que no era culpa mía, yo insistía en que habría algo que yo pudiera hacer para ayudarla.
Rehusaba mi ayuda y eso me enfurecía.
Su cuerpo frágil parecía más poderoso que nunca. Su mirada no era la de una niña. Dejó de reírse cuando insistí por quinta vez.
-No lo entiendes.
Y era verdad. No entendía por qué quería estar sola, ni qué coño le había hecho aquel tío para que ella no quisiera volver a enamorarse. Yo no entendía que ella no quisiera enamorarse de mí ni darme una oportunidad.

Él no entendía que yo no confiara en nadie- ni siquiera en mí misma-, que necesitara mi espacio. Yo necesitaba pasar sola el invierno y no tener más abrazo en aquellas noches frías que el mío propio, el único que nunca me iba a faltar. Los abrazos vacíos los dejaba para aquellos ilusos que todavía creían en los finales felices.
Un pirata me dijo un día que no sabría estar con nadie mientras no aprendiera a estar sola, que no podría querer a nadie si no me quería a mí misma.
El pirata tenía razón.
No tenía sentido estar con alguien con quien no quería estar, sólo por no sentirme sola. Sólo conseguía magnificar mi soledad y los días eran más cortos que nunca.
Yo no sentía nada y estaba segura de que, si alguien me pinchara el brazo, no saldría ni una gota de sangre.
Los tatuajes yo los llevaba por dentro.
Por eso no esperé a que la vela  morada se consumiera. Pagué mi cerveza, ésa que apenas había probado, y me marché a casa.
Mi soledad me pertenecía, a mí y a nadie más. Ya estaba bien de compartir la carga con otros. Me eché mis miedos a la espalda y caminé contra el viento helado. Me esperaban días difíciles... Pero gracias a esos días hoy puedo empezar de nuevo.
Con la llegada de la primavera no sólo han florecido las plantas. Los días se estiran como gatos somnolientos al calor de la llegada del verano.
Hoy, la vida no puede parecerme más maravillosa.

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