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viernes, 27 de junio de 2014

Blanco

Se sentó en la primera fila. La sala era pequeña, íntima, sin demasiados recovecos para no dar más pie a la imaginación que la pequeña pantalla, que mostraba anuncios locales. Me llamaron la atención los farolillos blancos que se amontonaban en una esquina. Siempre me han gustado los farolillos.
Lisa miró el móvil una última vez antes de guardarlo en su bolso azul y clavar la mirada en la pantalla. No me había visto. Llegaron unas pocas personas más, aunque aquel cine nunca se llenaba, a pesar de ser diminuto.

Cuando la película empezó, se apagó todo. Los focos, los farolillos... Y los ojos de Lisa. Yo sabía que no veía la película, que su mente estaba mucho más allá de las montañas de piedra caliza y las montañas infinitas.
Lisa pensaba él, en cómo apoyaba una mano en la cadera mientras fumaba con la otra. Y, entre calada y calada, lanzaba mensajes críticos al sistema y a la sociedad, al mundo. Ella veía ese brillo en sus pequeños ojos claros, ese brillo que animaba a pensar que todo era posible y que el cambio aún no había empezado. Su gesto serio... su barba. Sabía que ella estaba pensando en su barba, y en cómo él la acariciaba al pensar, antes de darle otro trago a la cerveza. Nos veía a todos sentados en palés pintados de azul. Yo tiritaba de frío en una noche de verano. Creo que nunca entenderé la magia de las noches de verano. Aún me confunden.
Tendríais que haberla visto. Estaba guapísima, con la mirada perdida y los finos labios pintados de rojo sonriendo a la nada. Lisa dejó de sonreír cuando empecé a sonreír con ella unas filas más atrás. Las cosas no eran fáciles y nunca lo habían sido. Entonces supe que ella sobrevolaba el valle. Aterrizó entre la gente, buscando su barba entre las banderas y pancartas, entre los gritos que pedían justicia. Su corazón coreaba los gritos y se engrandecía bajo aquellos lemas. Ella era una más y siempre lo había sido, aunque muchos no vieran más allá de sus náuticos marrones.
Como os iba diciendo, Lisa estaba guapísima con el pelo castaño claro ligeramente ondulado. A veces pienso que yo me lo ricé porque quería parecerme a ella.
La película estaba a punto de terminar y ella no había recuperado la sonrisa. Había encontrado aquella consonante entre una sopa de letras, pero en los ojos claros de él no se veía tal como era. Ella creía que nadie era capaz de ver la verdad entre sus costillas, pero yo lo hacía. Quizá él no lo hiciera. Si él hubiera sido capaz de ver cómo latía su pecho frágil cuando estaban cerca... o el color intenso de su sangre, esa de la que ella conocía todas las propiedades y hasta el más ínfimo detalle.
Yo sentía la pena que tiraba de ella hacia abajo. Lloré en silencio, con la mirada clavada en la mueca de sus labios.
"Algún día, Lisa. No importa que ellos no vean más allá de la pureza de tu apellido. No saben que detrás de ese blanco clavel hay una rosa del rojo más intenso, una rosa de pétalos suaves esperando a florecer en la primavera más inesperada para ser la envidia del resto de la flores."


Cuando los farolillos volvieron a emitir una tenue luz, intenté acercarme a ella, pero no pude. Estaba demasiado lejos.

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