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domingo, 16 de febrero de 2014

Hoy ha subido al autobús un chico que tenía los ojos de Max. Eran sus ojos. He pensado en él muchas veces y hasta ahora no me había detenido demasiado en sus ojos.
Están un poco hundidos y sus párpados se esconden tras el iris azul claro, excepto cuando mira hacia abajo o cierra los ojos. Cuando Max cierra los ojos es cuando no puedes dejar de mirarlo. Tiene cara de niño, pero, creedme, no lo es.
Lo recuerdo así, con los ojos cerrados, tumbado con las manos detrás de la cabeza. Parece sumido en una calma absoluta y esa calma te abraza...

Max pasea por las calles de Madrid con las manos en los bolsillos. Ha vuelto a fumar, y mira que intenté convencerlo de que no lo hiciera, pero no puedo negar que está tan sexy cuando fuma, tan sexy, que mataría por deshacerme como el humo en sus labios.
Seguramente ya le ha crecido el pelo, pero la última vez que lo vi parecía un cantante de los años 50, con el pelo rubio corto y un pequeño tupé. Él es inmortal, ya os lo dije, por eso puede pasar por todos los años que quiera.

 Él es inmortal, y yo no llego a ser ni siquiera una de las letras de su nombre.

Tenía ganas de llorar cuando nos despedimos en la estación de autobuses en julio. Tenía la pregunta "¿Nos volveremos a ver?" luchando contra mis dientes por salir y esconderse en tus oídos. Quería darte un beso, me habría encantado una despedida de película. Y ahora no recuerdo si me diste un abrazo, dos besos, o si simplemente me dijiste adiós con la mano. Sólo sé que ni te hice preguntas, ni te besé por última vez.