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miércoles, 22 de octubre de 2014

El despertar del Erasmus


Volver del Erasmus es duro. Te acompaña constantemente la sensación de haber dejado una vida -tu vida- inconclusa en otra parte.
Lees cosas que escribiste antes de esa experiencia y ahora eres consciente de lo mucho que has cambiado, de todo lo que te ha enseñado el hecho de vivir en un mundo paralelo, una microvida casi ajena a la que llevabas anteriormente.

Pero vuelves. El sol acaba entrando por la ventana y los sueños se desvanecen. Es hora de despertar. Es hora de volver a casa. O a una de ellas, al menos, ya que has descubierto que puedes hacer que cualquier parte sea tu hogar por un tiempo... Y para siempre.
De repente vuelves a tu rutina anterior. Quizá un poco diferente. Vale, mucho. Te sientes como si hubieras viajado a un lugar remoto, a miles de años luz de aquí, y volvieras pareciendo el mismo pero con todos esos años de experiencia encima. Y, ¿qué pasa? Que descubres que la gente sigue igual pero también ha seguido adelante, que el mundo ha cambiado en tu ausencia. O quizá seas tú el que ha cambiado lo equivalente a viajar entre el tiempo y el espacio.

Ellos no te entenderán. Pensarán en tus aventuras como locuras o tonterías, fruto de un programa que sólo sirve "para salir de fiesta". Es posible que incluso se ofendan si hablas demasiado de todo lo que has vivido, como si por eso renunciaras a tu país o incluso a tus propios amigos.
Voy a pedirles permiso a los profesores para dejar a un lado el aspecto académico (importante pero no vital): el Erasmus puede ser un sueño. Sí, un sueño extraño con el que tardas en familiarizarte pero que engancha como esas drogas que crean en laboratorios clandestinos. La riqueza que proporciona no es de las que ponen los dientes largos a los piratas (aunque ahora los piratas no llevan parches en el ojo ni patas de palo, complementos que han cambiado por corbatas y trajes caros, aunque ésa es otra historia). Esa riqueza se queda contigo, es un valor añadido que sólo conocen los valientes que se atreven a ser héroes, a cruzar la frontera. A volar.
Los compañeros de esta travesía intergaláctica serán para siempre especiales; aunque no vuelvas a verlos nunca, cuando mires las fotos o veas los vídeos (otros grandes tesoros poco valorados) te emocionarás al recordarlos como parte de tu aventura, parte del "tú" que eres ahora.

Y no importa que el invierno haya sido duro, que en Alemania anochezca a las cuatro de la tarde o que hubiera días (con sus respectivas noches) en los que te sintieras solo. Nada de eso importa porque después sólo vas a recordar lo bueno, la orgía de color que trajo la primavera, los días largos, las bicicletas por todas partes, los edificios de cuento, el tan esperado sol, tus amigos que, más que amigos, son hermanos, porque comparten contigo tus días malos, tus necesidades, tus locuras, tus ganas de vivir, de aprender, de abrir todas esas puertas que te están llamando a gritos.
Esa gente comparte tu euforia cuando consigues hacer algo bien, cuando sabes responderle al tío que te pregunta por la calle cómo llegar a la catedral (ésa que confundiste el primer día con una iglesia cualquiera), cuando saltas en la pista de baile hasta que te falta el aliento, ...
Malditos astronautas, como os echo de menos.

Para mí, este año ha sido mi trocito de vida favorito. Ha sido intenso, tanto, que con sólo escuchar ciertas canciones, las emociones atraviesan todos estos kilómetros y me envuelven de nuevo, haciéndome sentir viva y a la vez incompleta. Esa sensación de que nos falta una parte en algún rincón de nuestro cuerpo es uno de los efectos secundarios de viajar, de traspasar los límites y conocer otros mundos. De repente volverá la sensación de querer estar en otro lugar... Porque cada uno de ellos forman parte de ti, cada piedra, cada bar, cada calle, cada persona. Todos componen el escenario de tus sueños. 
Y esa línea difusa que (a veces) separa la realidad de la ficción será menos clara que antes.
A veces mirarás al cielo con nostalgia, buscando entre las estrellas aquella que significó tanto, aquel hogar efímero que te cambió la vida, que te hizo crecer. Ésa que sigue latiendo dentro de ti. Y te dolerá saber que, aunque volvieras ahora, no sería lo mismo. Probablemente te sentirás impotente. Querrás volver atrás, pero has aprendido que en la vida sólo se puede ir hacia delante.
Pero, piénsalo. Una de esas estrellas será tuya y nadie podrá quitártela nunca.
A por ellas, te están esperando. El cielo es tuyo.
Gracias a todos los que habéis compartido conmigo esta maravillosa aventura.

jueves, 16 de octubre de 2014

Contigo

Me van a faltar noches para dormirme en tu cuello,
oscuridad en la que perderme contigo,
colores para describir tus ojos tranquilos.
Me van a faltar manos para quererte centímetro a centímetro,
palabras (en tu idioma o en el mío)
para poder explicarte  cómo me has cambiado la vida.
En la vida a veces importa más una noche en la luna que cuatro años enterrada.
Me van a faltar días para pasear contigo de la mano,
nombrándote cada esquina, cada calle, porque en todas me acordé de ti.
Me van a faltar besos para dejarte sin respiración,
kilómetros que recorrer para
verte,
aeropuertos, camas, ciudades que coleccionar contigo.
Me van a faltar postales que digan te echo de menos, amor
y que te enseñen paisajes mágicos que sólo quiero conocer contigo.
Contigo.

Contigo las distancias empequeñecen, se vuelven milímetros los kilómetros, los calendarios se vuelven flacos, el tiempo se vuelve loco.

viernes, 27 de junio de 2014

Blanco

Se sentó en la primera fila. La sala era pequeña, íntima, sin demasiados recovecos para no dar más pie a la imaginación que la pequeña pantalla, que mostraba anuncios locales. Me llamaron la atención los farolillos blancos que se amontonaban en una esquina. Siempre me han gustado los farolillos.
Lisa miró el móvil una última vez antes de guardarlo en su bolso azul y clavar la mirada en la pantalla. No me había visto. Llegaron unas pocas personas más, aunque aquel cine nunca se llenaba, a pesar de ser diminuto.

Cuando la película empezó, se apagó todo. Los focos, los farolillos... Y los ojos de Lisa. Yo sabía que no veía la película, que su mente estaba mucho más allá de las montañas de piedra caliza y las montañas infinitas.
Lisa pensaba él, en cómo apoyaba una mano en la cadera mientras fumaba con la otra. Y, entre calada y calada, lanzaba mensajes críticos al sistema y a la sociedad, al mundo. Ella veía ese brillo en sus pequeños ojos claros, ese brillo que animaba a pensar que todo era posible y que el cambio aún no había empezado. Su gesto serio... su barba. Sabía que ella estaba pensando en su barba, y en cómo él la acariciaba al pensar, antes de darle otro trago a la cerveza. Nos veía a todos sentados en palés pintados de azul. Yo tiritaba de frío en una noche de verano. Creo que nunca entenderé la magia de las noches de verano. Aún me confunden.
Tendríais que haberla visto. Estaba guapísima, con la mirada perdida y los finos labios pintados de rojo sonriendo a la nada. Lisa dejó de sonreír cuando empecé a sonreír con ella unas filas más atrás. Las cosas no eran fáciles y nunca lo habían sido. Entonces supe que ella sobrevolaba el valle. Aterrizó entre la gente, buscando su barba entre las banderas y pancartas, entre los gritos que pedían justicia. Su corazón coreaba los gritos y se engrandecía bajo aquellos lemas. Ella era una más y siempre lo había sido, aunque muchos no vieran más allá de sus náuticos marrones.
Como os iba diciendo, Lisa estaba guapísima con el pelo castaño claro ligeramente ondulado. A veces pienso que yo me lo ricé porque quería parecerme a ella.
La película estaba a punto de terminar y ella no había recuperado la sonrisa. Había encontrado aquella consonante entre una sopa de letras, pero en los ojos claros de él no se veía tal como era. Ella creía que nadie era capaz de ver la verdad entre sus costillas, pero yo lo hacía. Quizá él no lo hiciera. Si él hubiera sido capaz de ver cómo latía su pecho frágil cuando estaban cerca... o el color intenso de su sangre, esa de la que ella conocía todas las propiedades y hasta el más ínfimo detalle.
Yo sentía la pena que tiraba de ella hacia abajo. Lloré en silencio, con la mirada clavada en la mueca de sus labios.
"Algún día, Lisa. No importa que ellos no vean más allá de la pureza de tu apellido. No saben que detrás de ese blanco clavel hay una rosa del rojo más intenso, una rosa de pétalos suaves esperando a florecer en la primavera más inesperada para ser la envidia del resto de la flores."


Cuando los farolillos volvieron a emitir una tenue luz, intenté acercarme a ella, pero no pude. Estaba demasiado lejos.

jueves, 19 de junio de 2014

Café Malik


Él esperaba frente a la cafetería. Le quedaba bien el gorrito de lana, pero su sonrisa se había borrado. Quizá era eso lo que buscaba con tanta concentración en el horizonte, más allá de los ladrillos rojizos del Schloss.

Ella llegó tarde- como siempre- vestida completamente de negro. Conforme el invierno se abría paso en sus costillas, su vestimenta se oscurecía, hasta que dejó de vestir otro color. Sospechaba que algo había muerto, pero no quería creer que el funeral fuera aquella tarde.
La miré en silencio y esperé hasta que estuvo preparada para hablar. Mientras hablaba, pensé que parecía tener la cabeza en otro sitio. Hablaba de dolor, del frío, hablaba de buscarse a sí misma y de hacerlo sola.
Ninguno de nosotros se atrevía a asomarse a su interior. Era un pozo, un pozo desbordado por el invierno alemán, por el vacío que se siente al buscar a alguien para no sentirte solo y sentirte más solo que nunca a su lado.
Por más que ella dijera que no era culpa mía, yo insistía en que habría algo que yo pudiera hacer para ayudarla.
Rehusaba mi ayuda y eso me enfurecía.
Su cuerpo frágil parecía más poderoso que nunca. Su mirada no era la de una niña. Dejó de reírse cuando insistí por quinta vez.
-No lo entiendes.
Y era verdad. No entendía por qué quería estar sola, ni qué coño le había hecho aquel tío para que ella no quisiera volver a enamorarse. Yo no entendía que ella no quisiera enamorarse de mí ni darme una oportunidad.

Él no entendía que yo no confiara en nadie- ni siquiera en mí misma-, que necesitara mi espacio. Yo necesitaba pasar sola el invierno y no tener más abrazo en aquellas noches frías que el mío propio, el único que nunca me iba a faltar. Los abrazos vacíos los dejaba para aquellos ilusos que todavía creían en los finales felices.
Un pirata me dijo un día que no sabría estar con nadie mientras no aprendiera a estar sola, que no podría querer a nadie si no me quería a mí misma.
El pirata tenía razón.
No tenía sentido estar con alguien con quien no quería estar, sólo por no sentirme sola. Sólo conseguía magnificar mi soledad y los días eran más cortos que nunca.
Yo no sentía nada y estaba segura de que, si alguien me pinchara el brazo, no saldría ni una gota de sangre.
Los tatuajes yo los llevaba por dentro.
Por eso no esperé a que la vela  morada se consumiera. Pagué mi cerveza, ésa que apenas había probado, y me marché a casa.
Mi soledad me pertenecía, a mí y a nadie más. Ya estaba bien de compartir la carga con otros. Me eché mis miedos a la espalda y caminé contra el viento helado. Me esperaban días difíciles... Pero gracias a esos días hoy puedo empezar de nuevo.
Con la llegada de la primavera no sólo han florecido las plantas. Los días se estiran como gatos somnolientos al calor de la llegada del verano.
Hoy, la vida no puede parecerme más maravillosa.

domingo, 16 de febrero de 2014

Hoy ha subido al autobús un chico que tenía los ojos de Max. Eran sus ojos. He pensado en él muchas veces y hasta ahora no me había detenido demasiado en sus ojos.
Están un poco hundidos y sus párpados se esconden tras el iris azul claro, excepto cuando mira hacia abajo o cierra los ojos. Cuando Max cierra los ojos es cuando no puedes dejar de mirarlo. Tiene cara de niño, pero, creedme, no lo es.
Lo recuerdo así, con los ojos cerrados, tumbado con las manos detrás de la cabeza. Parece sumido en una calma absoluta y esa calma te abraza...

Max pasea por las calles de Madrid con las manos en los bolsillos. Ha vuelto a fumar, y mira que intenté convencerlo de que no lo hiciera, pero no puedo negar que está tan sexy cuando fuma, tan sexy, que mataría por deshacerme como el humo en sus labios.
Seguramente ya le ha crecido el pelo, pero la última vez que lo vi parecía un cantante de los años 50, con el pelo rubio corto y un pequeño tupé. Él es inmortal, ya os lo dije, por eso puede pasar por todos los años que quiera.

 Él es inmortal, y yo no llego a ser ni siquiera una de las letras de su nombre.

Tenía ganas de llorar cuando nos despedimos en la estación de autobuses en julio. Tenía la pregunta "¿Nos volveremos a ver?" luchando contra mis dientes por salir y esconderse en tus oídos. Quería darte un beso, me habría encantado una despedida de película. Y ahora no recuerdo si me diste un abrazo, dos besos, o si simplemente me dijiste adiós con la mano. Sólo sé que ni te hice preguntas, ni te besé por última vez.