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lunes, 4 de noviembre de 2013

Me morí gritando y ahora te recuerdo en silencio.

Me duelen los pies de caminar por países desconocidos a la espera de que tú vuelvas.

Me duelen los labios de callarme las ganas que tengo de verte, de tocarte y sentir que no puedes ser real. Es imposible.

Me duelen los oídos de no escuchar tu risa, tu voz, tu acento grave, divertido, tus exclamaciones de sorpresa cuando desconozco alguna palabra que para ti es tan fácil como respirar y no sentirlo. Me duelen las manos de tocar estas paredes, a oscuras, buscando tu espalda clara en el muro infinito que dividió el mundo.

Me duele la vista de mirarte en otros ojos, de buscarte en cada calle, en cada historia, en cada viaje. Me duelen los brazos desde aquella primera noche, ésa en la que todos mis vecinos pensaron que estaban matando a alguien, y con razón. Me mataste una, dos, tres y cuatro veces. Me mataste a puñaladas, a mordiscos, me mataste clavando en mí la libertad más absoluta, esa que nunca tuve. Me mataste, pero no empecé a vivir hasta aquella mañana.

Me duele la vida de no compartirla contigo.

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