.

.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Te fuiste.

Te fuiste, y me dejaste la boca cerrada y las lágrimas secas en un cajón. Me dejaste sin líneas, sin palabras, sin caricias verdaderas. Tengo en las manos mil historias que nadie quiere escuchar, ni siquiera yo, porque no saben a nada y dejan la lengua acartonada si las besas.
Te fuiste y me apetece encenderme los dedos, llenar mi pecho de humo y echarlo todo lentamente, todo, incluido tu recuerdo. Las paredes no son blancas, están pintadas de nada.
Que no tengo que esforzarme para sentir tu fría chaqueta de cuero, su cremallera traicionera (menos que los botones de tu pantalón), tus labios, esos que acabé odiando porque más que besarme, me envenenaban.
Qué más dará dónde estés ahora, si ya nunca nadie volverá a ser el primero, y has dejado tus mordiscos debajo de mi ropa.
Joder, quiero gritarle a la luna, que sé que, aunque estés lejos, la miras igual que yo y, aunque parezca imposible, es la misma.
Quiero gritarte, quiero arrancarte mi alma de las manos, quiero que toda la culpa te caiga encima y te parta la espalda, la que solía ser mi favorita y ahora araña dios sabe quién. No me importa quién la arañe, ni quien se bañe en tus ojos azules. Sólo quiero volver a ser yo, la que era antes del frío, de las mentiras, antes de que me echaras al mundo desnuda, sin un puto manual de instrucciones para entender cómo funcionan las noches sin tus abrazos.
¿Qué haría un pintor sin pinceles? ¿Qué haría una bailarina sin piernas? Decirte adiós fue la mejor decisión de mi vida. Pero no puede empezar de cero alguien que no conoce los números, así como nadie con los labios secos puede sonreír.
No tengo piel, no tengo ojos, no tengo voz.
Las canciones ya no suenan, no me encuentro en los libros.
No quiero que vuelvas, no quiero verte, sólo necesito que me devuelvas lo que latía en mi pecho.

domingo, 17 de noviembre de 2013

-Enciéndelo.
-¿Así?
-Mira que eres torpe con los mecheros.
-Afortunadamente no estoy tan acostumbrada como tú.
-Calla, tonta. Aquí lo tienes.
"Mamá, nunca fumaré un solo cigarrillo." Y es verdad. Esto no es un cigarrillo.
Me lo llevo a los labios lentamente. Inspiro. Con abundancia, para notar la magia en la garganta. Con lo que me ha costado aprender a hacer esto y lo fácil que parece ahora. Espiro. Me encanta cómo el humo sale de mi boca, se expande, se difumina, desaparece, dejando antes vuestras caras tras una niebla efímera que me separa del resto del mundo.
Me da vergüenza decíroslo, pero me siento sexy fumando. Quizá sea el calor del humo en mi lengua, quizá mis labios en forma de o, quizá el sonido suave que hago al respirar.
-¡Mirad que cara pone! Parece salida de una película.
-¿Salida? Sí, un poco.
 Río con él en la mano, con los ojos cerrados, pero intentando no manchar de ceniza la colcha de flores. Qué bien me siento. Las miro a todas, a cada una. Cada sonrisa es diferente pero todas dicen lo mismo. -¡No acapares!
Muy a mi pesar, me deshago de él.
Y aquí estoy, con personas que no conocía hace unos meses y que ahora hacen de mis días lo que son. No soy consciente de lo mucho que vale cada segundo en esta habitación, de cómo me marcará para siempre.
Esther me abraza, Lara me guiña un ojo. Las demás no pueden dejar de reír.
Estoy con ellas, el futuro ni siquiera existe. 


No aprecias lo que tienes hasta que estás lejos y tienes que mendigar para conseguir un abrazo, uno de verdad, de los que te tensan por dentro y poco a poco te relajan, te dilatan. Echas de menos el calor de otro cuerpo que no sea el tuyo, unos brazos rodeándote la cintura, el cuello o la espalda; unos dedos entrelazados con los tuyos. Me conformo con una sonrisa de esas que te hacen sentir en casa, con los ojos de cualquiera de vosotras clavados en los míos, recordándome que me toca respirar.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Me morí gritando y ahora te recuerdo en silencio.

Me duelen los pies de caminar por países desconocidos a la espera de que tú vuelvas.

Me duelen los labios de callarme las ganas que tengo de verte, de tocarte y sentir que no puedes ser real. Es imposible.

Me duelen los oídos de no escuchar tu risa, tu voz, tu acento grave, divertido, tus exclamaciones de sorpresa cuando desconozco alguna palabra que para ti es tan fácil como respirar y no sentirlo. Me duelen las manos de tocar estas paredes, a oscuras, buscando tu espalda clara en el muro infinito que dividió el mundo.

Me duele la vista de mirarte en otros ojos, de buscarte en cada calle, en cada historia, en cada viaje. Me duelen los brazos desde aquella primera noche, ésa en la que todos mis vecinos pensaron que estaban matando a alguien, y con razón. Me mataste una, dos, tres y cuatro veces. Me mataste a puñaladas, a mordiscos, me mataste clavando en mí la libertad más absoluta, esa que nunca tuve. Me mataste, pero no empecé a vivir hasta aquella mañana.

Me duele la vida de no compartirla contigo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Llevo toda la vida preguntándome cómo habría sido aquel beso.




Te sorprenderías si supieras quien escucha tu canción a miles de kilómetros de distancia. Ya he perdido la cuenta de los años que llevamos siendo nada y algo al mismo tiempo.
Hoy sentía que necesitaba música, pero no una canción cualquiera, y me he acordado de ti, de la canción que durante días me tuvo hipnotizada. Podrás imaginarte que la escucho a la vez que escribo esto.
Eres mi "quiero y no puedo", mi "casi", mis puntos suspensivos. Eres mi fantasía más antigua. Eres ese sueño que se repite, cada vez diferente, pero queriéndome decir lo mismo. Eres letras que surgen de repente y me dejan impotente, destrozada y muriéndome de ganas. Eres la espera y la sorpresa, la incongruencia más excitante que he intentado descifrar.
Querido poeta, lo que daría por encontrarme en todos tus poemas, en los que por supuesto me busco con una obsesión casi enfermiza. Sí, tu recuerdo es como una enfermedad. Dura unos días, me marea, desorienta y hace que me cuestione mi vida entera. Me envenena, me corrompe. Pero pasa. Afortunadamente, porque sería imposible vivir con esta lucha interior de forma permanente.
Querido cantante, no imaginas lo que siento al oír tu voz, esa que siempre fue diferente a la de los demás y que enciende hasta en las crueles noches de invierno.
Llevo toda la vida preguntándome cómo habría sido aquel beso que no te di hace seis años. O la noche que te negué hace cinco. Qué habría encontrado en tus ojos si hubiera levantado la vista hace tres años.
Eres la espina más grande que atraviesa este maldito corazón.
He tardado mucho tiempo en darme cuenta, querido guitarrista. Y aún sigo rechazando la idea, porque me da tanto miedo... Me da miedo no saciar nunca esta sed de ti, porque ya amenaza con volverme loca. Tengo miedo de verte y no tenerme en pie, de eclosionar en un orgasmo brutal cuando tus ojos se posen en los míos. Creo que podría morir si sólo me rozaras el cuello con la yema del pulgar. 

Llevo toda la vida preguntándome cómo sería hacer el amor contigo, cómo sería sentirme poesía en tus labios carnosos, guitarra en tus dedos, música en tus oídos.
El miedo a convertirme en marioneta en esos dedos mágicos me puede, poeta. Me puede.
Y ya que voy a morir de todas formas... No sé si prefiero morir del miedo a que esta magia tuya se me deshaga entre las piernas si me rindo de una vez a estas ganas que se me clavan cada vez que pienso en ti o si en cambio me atreveré a morirme en tu boca, en tu mañana incierto, en tu locura. Sólo sé que soy incapaz de ignorar esta curiosidad.

Nadie lo sabe, ni siquiera tú, pero moriría por ser musa de una sola de tus letras. 

Y escucho tu canción una vez más, como para convocarte, pero nada. El teléfono no suena.