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miércoles, 30 de octubre de 2013

Humo


Cada vez que le das una calada al cigarro me tiemblan un poco las piernas... yo también quiero empaparme con tu carmín. Se me ocurren mil lugares donde podrías dejar una marca de fuego.
Quiero colarme por tu garganta y llegar a tu corazón, cambiar un par de cables para que lata al compás de mi nombre y no puedas olvidarte de mí ni un segundo, como yo no puedo olvidarte.
Tengo miedo de encontrarme en tus ojos y verme con la mirada anclada en tus pupilas, aunque en realidad intente mirar más allá, saber qué se te pasa por la cabeza, qué harán tus manos a continuación. Es ese miedo el que hace que mis ganas se escapen por el balcón, como tu humo, el que te acaricia los labios en un beso de despedida. Las ganas se quedan en tus dedos, esos que me buscan a veces y con frecuencia me encuentran. Se quedan en el cenicero, grises, muertas, olvidadas, pero todavía calientes. Y no te lo he dicho, pero durante mucho tiempo has sido mi fantasía favorita, esos minutos durante los cuales haces realidad un sueño que a la mañana siguiente recordarás envuelto en niebla y que te perseguirá hasta que no sepas si ocurrió de verdad o sólo fue un delirio más de tu mente reiterante, esa que juega contigo y te humedece las ideas. Y, por mucho que pasen los meses, bastará el recuerdo de tu olor para que me fallen las piernas.
Supongo que tampoco sabes que eres mi historia de ciencia-ficción favorita, la que demuestra mi teoría y también mi práctica. Sí, sobre todo mi práctica. Y mi práctica favorita es subirme a ti, a lo más alto, y sentir el vértigo antes de la caída.
Me lanzo al vacío y me recoge tu boca, sus profundidades, sus rincones, sus palabras susurradas al oído, en mi cuello, entre mis rizos, donde se atrapan tus manos. Y tu boca me dice cosas que nunca había oído, pero que en el fondo ya sabía, como sé que ahora estás encendiendo otro cigarrillo, a pesar de que te he dicho que no fumes, que no me gusta, que te matas poco a poco.
"¿Acaso no te están matando a ti las ganas?" me dirías. Y es que siempre tienes razón. Y sí, claro que me matan, tanto que desearía estar compuesta de nicotina y ardiendo entre tu índice y tu corazón, el que te mueve, para besarte despacio, alargando el momento, por favor, inhala un poquito más... y salir huyendo después, como el humo.

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