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miércoles, 9 de octubre de 2013

Good bye, Ruby Tuesday


Los ojos de Ruby estaban inundados de paz. Su pelo corto luchaba por separarse de su cabeza torcida, ondeando en las aguas sin temperatura del East River.

Tenía las uñas de las manos mordidas por los nervios y las de los pies pintadas de azul, pero nadie se habría fijado en eso. Sin duda, toda la atención habría recaído sobre la mancha oscura que crecía en su pecho. Su corazón aún vibraba en el eco de su último latido.

En su pequeño camerino todavía olía a ella, a ese perfume que volvería locos a tantos y cuyo aroma nadaba por entonces en las oscuras aguas del olvido.

No había sentido nada extraño cuando salió del teatro en el que trabajaba. Cuando el miedo la invitó a bailar aquella noche junto al río ni siquiera lo dudó, ya que el miedo y ella vivían juntos y sentían una fuerte atracción el uno por el otro. Ruby tenía miedo de casi todo. Le daban miedo los vasos llenos, por lo que siempre los vaciaba con urgencia, así como las noches de luna amarilla. Temía al silencio y por eso pensaba siempre en voz alta. Tenía miedo al fracaso y los pocos papeles que conseguía en pequeñas obras no contribuían a borrar la pregunta insistente "¿estoy hecha para esto?".

Ruby creía que todos hemos nacido con una misión escrita en el corazón, una misión que se copia en nuestras venas y arterias sin dejar un solo rincón en nuestro cuerpo que desconozca aquello por lo que existimos. Hay cosas para las que estás hecho y otras para las que no. De pequeña había querido aprender a tocar el piano, pero al tocar por primera vez aquellos largos dientes blancos no sintió otra cosa que no fuera el frío del marfil. Creía firmemente que, si de verdad lo llevara escrito en su interior, el piano habría sonado como nunca en sus manos.

La primera vez que actuó en público lo supo, algo se accionó en su pecho. Sintió que podía ser quien quisiera, que sabría meterse en cualquier piel que no fuera la suya. Sin embargo, había momentos en los que dudaba de la procedencia de aquella corriente que la recorrió sobre el escenario y una voz le susurraba al oído, envuelta en su pelo castaño, las primeras palabras que Joan le había dicho.
"Son mis ojos, producen ese efecto en la gente." Ella tenía unos ojos grandes, expresivos y tan, tan espejos de su alma, que sabías lo que estaba pensando con sólo asomarte a sus pupilas. "¿Fueron sus ojos?"

Aquella noche Ruby no escuchó los pasos del hombre que la siguió hasta el río. Sería imposible distinguir las lágrimas que mojaban sus recuerdos momentos antes de caer al agua. La echaba de menos, incluso allí, años después. Cada noche dormía encogida, como queriendo ocultar la culpa que ocupaba su ombligo y trepaba por su garganta cuando pensaba en ella. Ruby tenía miedo a muchas cosas, pero lo que más temía en el mundo era verla de nuevo. Y, sin embargo, fue lo que deseó en las milésimas de segundo que transcurrieron entre el sonido del disparo y la oscuridad más infinita.

Fueron sus ojos, estaba segura. No era el teatro, no eran los disfraces ni el maquillaje. Tampoco el hecho de poder ser cualquiera, cambiar de nombre, de voz. ¿Para qué, si cuando Joan le sonreía no quería ser nadie más que ella? Habían sido sus ojos, lo supo mientras se hundía en el agua. Aquellos ojos que querían viajar a Europa y recorrer el mundo de su mano. "No quiero ir contigo, Joan. Mi carrera está aquí, en Nueva York. Crece de una vez, no puedes viajar por el mundo como si no tuvieras obligaciones, y menos pedirme a mí que te acompañe. Yo me tomo muy en serio mi trabajo, lo sabes bien. Ése es tu problema, siempre lo ha sido. Sólo piensas en ti misma."

Y luego pasó lo de aquella noche, en la fiesta de Michael. Los ojos de Joan eran un espejo roto, hecho añicos. Nunca sospechó que Joan se enamoró de ella desde el primer día, desde que sus grandes ojos la vieron sobre el escenario del colegio.

El impacto de la bala en su pecho se lo dijo. Intentó luchar, evitar la caída, asir algo con las manos. No podía acabar ahí, no había tenido tiempo ni de asimilarlo. Necesitaba verla, decírselo... Necesitaba pedirle perdón. Tenía que pedirle perdón por haberla dejado sola tanto tiempo, tenía que decirle que pensaba en ella cada vez que un hombre la besaba en el cuello, cada vez que moría de placer, cada vez que cerraba los ojos para dormir.

 La bala se lo susurró todo a su corazón justo antes de atravesarlo.

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