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jueves, 3 de agosto de 2017

Estaciones. Primera parte


La señora Clara vestía como la típica abuela moderna: camisa de flores, falda lisa a juego, sandalias cómodas y bolso grande. Fue la única persona en toda la estación que no se dio cuenta de que yo estaba llorando.
Perdona, guapa, ¿podrías avisarme cuando llegue el… ? Miki, ¿cuál era? ¿340? ¿Podrías avisarme cuando llegue el 340?
Su marido era de todo menos típico. Miguel llevaba el pelo recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Su pelo blanco hacía juego con las flores de hibisco de su camisa hawaiana. Tenía aspecto de extranjero, o eso pensé yo, quizá porque nunca había visto a un señor mayor español así vestido. Parecía un indio americano albino. Nariz aguileña, ojos pequeños. Cuando me enteré de que tenía noventa años no pude evitar sonreír. Lo único que delataba su avanzada edad era el color de su pelo; apenas tenía arrugas. La señora Clara, en cambio, tenía la piel morena llena de surcos. Su sonrisa era el más largo y profundo de todos.
Me sequé las lágrimas con la camiseta.
Claro, sin problema. Yo cojo el mismo autobús… Le faltan 20 minutos.
Gracias, niña. Es que yo no veo bien y mi Miki se ha olvidado las gafas en casa…
Me pregunté si siempre había sido bizca o si su mirada se había ido torciendo con la edad. Debo reconocer que me alegré de que le fallara la vista, porque nunca sabes a dónde mirar a una persona bizca. No tardé mucho en darme cuenta que a la señora Clara había que mirarla más allá de los ojos, al alma.
Se sentó a mi lado y me cogió de la mano con cariño, como si fuéramos abuela y nieta, y me confesó que estaba muy nerviosa.
Yo no quería venir. Pero mi Miki es más bueno que un santo y me lo pidió por favor. No sé qué querrá pero yo no me fío un pelo. Mira, he traído botellas de agua y todo. No pienso probar ni gota en esa casa. De ella me espero cualquier cosa, ¿sabes?
Lo mejor de viajar es conocer a otros viajeros. Personas que, durante un momento, te abren la puerta a su pasado, a sus secretos. Me gusta sumergirme en sus vidas con curiosidad y coleccionar las historias que me regalan.
Puede que algunas sean falsas, pero nunca podré saberlo. Es difícil distinguir lo cierto de lo imaginario. Especialmente porque, cuando los desconocidos no me hablan, me invento sus vidas, les pongo nombre, les doy un pasado. Sin embargo, la historia de la señora Clara era tan triste que no dudé de su veracidad ni por un momento.
Clara abandonó su ciudad natal para trabajar en un hotel de Palma. No mencionó a su padre, no habló de bandos, pero sí de la guerra. La guerra sacó lo peor de las personas, la guerra destrozó nuestro país. Su familia pasaba tantas penurias que, poco después de cumplir los catorce años, Clara tuvo que marcharse de casa para mantener a su madre y a su hermana pequeña. Gracias a un amigo de su tío, consiguió un trabajo de limpiadora en un hotel. Vivía con el resto de limpiadoras en el sótano del edificio y gastaba lo mínimo, para enviar casi todo lo que ganaba a su madre. Un mes después de su llegada a la isla, el mismo día en que Clara se convirtió en mujer, recibió una carta escrita con tinta roja. Apenas pudo leerla, porque había círculos borrosos que absorbían las palabras, como si hubiera llovido sobre ellas, como si las palabras no quisieran ser leídas. Su hermana pequeña había muerto de hambre.
Mientras me contaba todo esto, la señora Clara seguía acunando mi mano entre las suyas. Yo no sabía que decirle, cómo consolarla. Pero ella no necesitaba pésames ni lamentos. Clara tenía una historia que contar, y yo no me atrevía a interrumpirla. La señora hablaba mirando a lo lejos, más allá de los muros de la estación y, de vez en cuando, me miraba a los ojos de una forma tan profunda, que su mirada infinita carecía de imperfecciones.

domingo, 4 de junio de 2017

"Atrévete", dijo el cobarde



Llevo unas gafas grises que distorsionan todo lo que veo.
Lo peor que me puede pasar es que me acostumbre a ellas y deje de luchar por despegármelas de la cabeza.
Hay que dejar de hacerse el muerto.
Me dejo las uñas largas por si necesito defenderme. ¿De qué?
Mi peor enemigo soy yo misma.
Lo peor que me puede pasar es convertirme en el monstruo del que huí.

domingo, 5 de febrero de 2017

Nothing is gonna hurt you


Febrero es un mes romántico, de carnaval, pero también es uno de los meses más fríos. Para mí, febrero siempre ha sido un mes de cambios, un mes que marca un antes y un después.
Febrero es un mes de transición y cenizas, aunque algunos años las cenizas arden más que en otros. Febrero es tiempo muerto, tiempo para pensar, propósitos que cumplir, es soñar con la llegada de la primavera. A veces, febrero es decir adiós, otras, dar la bienvenida. Febrero está hecho de nieve y cicatrices que sigo lamiendo cuando nadie me ve.
Este febrero no augura grandes cambios, pero siento la transición de los días, que se estiran poco a poco, y tengo muchos planes por delante.
Sigo odiando los domingos y los de febrero no son ninguna excepción.
En los domingos fríos como este me apetece hacerme un ovillo debajo de la manta e imaginarme un ronroneo prometedor a mis pies.
Solo necesito el calor de otro cuerpo al lado del mío y una mano acariciándome el pelo, asegurándome que todo irá bien.
Siempre he odiado sentirme pequeña y el miedo a las personas que lo disfrutaban sigue empañando mis ojos con pesadillas irónicas, pero a veces lo necesito. A veces necesito sentirme pequeña, acurrucada en unos brazos grandes, para poder hacerme fuerte poco a poco. Creo que todos necesitamos sentirnos así en determinados momentos, como un polluelo de fénix que necesita revolcarse en las cenizas antes de emprender el vuelo.
Hoy solo quiero sentirme en casa, pequeña y segura en unos brazos que me aseguran un futuro feliz.
En los domingos fríos como este, el invierno alemán me muerde los tobillos y me congela los pies, pero no el corazón. Mi corazón derrite la nieve de Christinenstrasse con la fuerza de un fénix adulto. Qué difícil es ser adulto. Pero no quiero hablar de eso ahora, solo quiero acurrucarme bajo la manta e iluminar la noche temprana con velas de colores en los alféizares de las ventanas.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Hechizos


Ahora que lo pienso, no tengo ninguna canción que me recuerde a ti... pero no la necesito, porque te llevo en la sangre.
Te conocí mayor pero he soñado con la niña que fuiste. Me ha contado los secretos de tu infancia, de cuando observabas con los ojos muy abiertos todo lo que ocurría en la casa grande. Me ha contado que no te gustaban los soldados, que a veces venían de noche y tu madre siempre tenía que lavarles la ropa y darles algo de comida, sin rechistar, sin discriminar a nadie por el símbolo que portara en su uniforme.
Te recuerdo sentada en el portal, con la mirada perdida.
Solo puedo recordarte vestida de violeta, porque él no querría vernos de negro. Aquel día, la mujer más fuerte de mundo se quedó sin magia. Te vi envejecer 16 años en una mañana, los mismos que yo le había prestado al abuelo.
He intentado comprenderte, conocer los miedos que no te dejaban dormir de niña y que mantuvieron tu sueño ligero para siempre. He intentado imaginar cómo te sentiste el día de tu boda, pero lo único que recuerdo es que te apagaste como una vela. Tu mirada celeste se secó en verano. Nunca pude preguntarte qué hizo el abuelo para enamorarte.
Solo puedo preguntarme si estaréis cómodos durmiendo así, después de haber pasado toda una vida en el lado contrario de la cama.

Los estorninos han vuelto al jardín, pero estoy demasiado lejos para escucharlos.
Hoy vuelvo a sentirme culpable bajo tu manta de lana. No me enseñaste el hechizo para soñar con vosotros y en días como hoy lo necesito, porque es la única forma de abrazaros… Aunque no sea real.

viernes, 14 de octubre de 2016

Down to the waterline


Te debo la mayoría de la música que me gusta. De las más de 600 canciones que caben en mi iPod, unas 400 me recordaban a ti. Como podrás imaginar, me deshice de muchas.
Hubo excepciones, como los Arctic Monkeys, que me gustaban demasiado. Ni siquiera dejé de escuchar Cornerstone.
Pero con los Dire Straits era distinto. Me enamoré de ti escuchándolos, sus canciones fueron, sin duda, la banda sonora del comienzo de nuestro amor adolescente, de todo lo nuevo, de todo lo mágico que acabaría volviéndonos locos.
Durante años los he mantenido ocultos, olvidados en alguna carpeta de mi ordenador. En mi iPod solo quedó Tunnel of love, porque la identificaba más conmigo que contigo.
Hoy me he acordado del disco de portada borrosa que me regalaste hace casi 7 años y que aún conservo.
Los primeros acordes de Down to the waterline me han hechizado. Y, por primera vez en mucho tiempo, la amargura no ha teñido estas maravillosas canciones con tu mirada.
Escucharlas me ha transportado a aquellas tardes de otoño.
Qué placer poder escucharlas sin odiarte, sin recordar todo el daño y, sobre todo, sin echar de menos a la que persona que fuiste mientras yo me dejaba enamorar por la premonitoria Six blade knife. No echo de menos nuestra mi ingenuidad.
Hoy por fin soy capaz de disfrutar su magia sin rencor. Por fin puedo recordar aquella época como algo feliz, hermoso y preciado.
Estas canciones representan el amor entre dos jóvenes que quieren comerse el mundo y creen que todo el posible con música. Todavía no conocen la verdadera decepción, el amor es como el agua y los cuchillos no se han clavado en la piel. Creen en el infinito.
Dejémosles ser felices en el recuerdo, se lo merecen. En algún momento nos lo merecimos.
Estas canciones son demasiado buenas, significan tanto.
Ahora no puedo dejar de escucharlas.





lunes, 26 de septiembre de 2016

Némesis



Schloss Cecilienhof, Potsdam
Las Drama Queens necesitan oscuridad para brillar.
Te aferras a las mismas contradicciones que tiran de ti hacia abajo, hacia tus profundidades, donde las interrogaciones se te enredan en los pies, acelerando la caída.
Has repetido la misma escena tantas veces que has olvidado que ese papel dejó de ser tuyo hace mucho tiempo. Pero la melancolía es confortable, te gusta, siempre ha sido lo tuyo. Te dejas ir, a veces necesitas que la corriente te arrastre para dejar la mente en blanco.
Te haces un ovillo, dándole la espalda, esperando un abrazo que no llega nunca, como tampoco llega el alivio, ni el reconfortante poder de dictar sus movimientos.
El placer no llega.
Has olvidado que estás en otro escenario, representando una obra muy distinta.
Has olvidado quién eres. Eres peluca y disfraz, contradicción pura, eres la hipocresía que cínicamente criticas. Eres duda, como siempre. Hay cosas que nunca cambian.
Miras el calendario y, de repente, un extraño regocijo te eleva las comisuras.
Claro, es hoy. Todo tiene sentido. No soy yo.
Hace un año eran calles las fronteras, ahora son países los que os separan y, aún así, este día te persigue, no entiende de guerras frías ni de muros de hormigón.
Este día, con los años, se ha convertido en némesis.
Mi némesis eres tú, y me miras desde el otro lado del espejo. Me cansas. No me creo tus lágrimas, ni tus miradas vacías.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Infinita


Ya no quiero pertenecer a un solo lugar, porque soy todas las fronteras que he cruzado, todas las distancias salvadas. 
Soy todos los pasos que he dado y los que están por llegar, pero sigo sin bandera.
No necesito dibujos en mi cuello que me recuerden dónde está mi corazón, porque mi corazón va conmigo, ha aprendido a ser nómada y tiene tantos hogares como latidos.
De repente, ya no necesito símbolos. Me arranco las raíces y camino descalza.

 
Pero... Vaya a donde vaya, tarde el tiempo que tarde en volver, siempre serás mi lugar favorito del mundo.